Una cercanía espontánea, una inclinación del ánimo.

Poesía, de Rosa Vanessa Otero

Ideas y poesía: Conversan Rosa Vanessa Otero e Iris Mónica Vargas.

Iris Mónica Vargas: La escritora Brenda Ueland observó una vez: “Dado que todos somos seres humanos, no existe quien pueda producir una oración que no revele algo sobre sí misma/o.” Cuando hablamos, cuando escribimos, dijo, no es posible no revelar algo fantástico, algo extraño, algo violento. Cuando se habla, cuando conversamos, cuando escribimos, cuando nos comunicamos con otro entregamos, compartimos, siempre “algo”. Es decir, lo que compartimos no es una caja vacía. Esto trajo a mi mente algo que escuché decir recientemente a la poeta Donika Kelly: Que muchas veces la gente que la lee piensa que ella está revelando todo sobre sí misma en sus composiciones y que, sin embargo, nunca es así para ella. “Yo revelo sólo lo que quiero revelar. Lo que me da la gana.” O sea, que aun cuando parezca que está revelándolo todo, porque muestra vulnerabilidad, porque retrata, tal vez, algo terrible o íntimo, lo que ha puesto sobre la página es lo que ha decidido, conscientemente, colocar ahí: ha sido una decisión muy concreta. Me parece bien interesante esto porque existe, desde mi particular perspectiva, una tensión importante entre la autenticidad, la honestidad, y lo que decides compartir o entregar a otros. ¿Cómo enfrentas esta tensión en tu práctica?

Rosa Vanessa Otero: Para mí la autenticidad y la sinceridad no tienen que ver, necesariamente, con cuánta información auto biográfica o sentimental dejo pasar al texto, sino por qué o para qué lo hago, con qué propósito creativo y si funciona o no funciona dentro del cuerpo del poema. Opino que puede haber tanta o más auto ficción y simulación en poemas aparentemente “sinceros” y escritos en primera persona como en textos redactados desde un distanciamiento, también aparente, del yo. Y si le sumas las funciones del lenguaje asociadas con la ironía o la parodia, o recursos dramáticos como el personaje, todo se complica más.

Si, por ejemplo, llevo a su colmo aquello que escribió Pessoa, “El poeta es un fingidor”, y me invento un personaje o varios personajes poéticos y los hago pensar y hablar como yo no pienso ni hablo… ¿dejarían de ser “auténticos” esos poemas? No lo creo. Incluso me atrevería a decir que serían más auténticamente literarios y “míos” que muchos otros, por cuanto existirían a mi lado, no conmigo.

De hecho, tengo un volumen parcialmente inédito (Loquios de La Poetriz), que va por esa línea, y un excelente editor lo rechazó porque, según él, no se parecía a mí y “sabía” que yo no seguiría escribiendo así por mucho tiempo. Desde mi perspectiva, se equivocó dos veces. Primero, al decidir por mí acerca de quién soy o quién quiero llegar a ser como escritora(mi libertad) y, segundo, porque dio por hecho que cada libro debe guardar semejanza con el anterior (mi “identidad”) y me definió a partir de un libro que había salido tres años antes de nuestra conversación. En las relaciones interpersonales pasa algo similar: una puede pensar que transmite una personalidad, pero las personas perciben o incluso construyen otra imagen acomodada a sus criterios; y si cambias en algún aspecto, o dejas salir una que otra sorpresa, hay quien prefiere seguirte viendo como te conoció o como te imaginó. (Al final, consideré un halago el que aquel editor me dijera que aquello no lo relacionaba con Rosa Vanessa Otero, la persona y autora que él conocía, porque, precisamente, ese era parte de mi objetivo: escribir como si no fuera yo. Que guste o disguste una poética así, más cercana a la farsa, al drama y a la parodia que a la lírica, es un asunto aparte que se puede discutir. Pero pienso que aquella propuesta chocó, en parte, porque venía de una mujer, no de un varón, y todavía se tiende a relacionar a las poetas solamente con la lírica escrita en primera persona y con el “eterno femenino”, la sentimentalidad y el tono testimonial en el que, por cierto, somos muy buenas.A mí me aterra pensar que el primer poema que escribí a los dieciséis años pueda parecerse demasiado al que escriba justo antes de morir; significaría que no me moví, que no me transformé, o caminé en círculo, que no aprendí nada, que no viví. No me atrae ese tipo de coherencia, y creo que ya a los lectores de poesía no les interesa encontrarse con un héroe o heroína del tipo romántico que imprima su personalidad sobre todo lo que toca. Prefiero generar una obra desigual, e incluso contradictoria, que un retrato perfectamente proporcionado porque el perfil que resulte siempre estará intervenido por la falsificación que es toda literatura. No controlo todo cuanto digo de mí, pero sé cómo y por qué lo digo. (Es que yo doy por hecho que se lleva una máscara al escribir; crear un texto no es necesario como respirar, sino una elección; en ese momento la vida y el tiempo real quedan suspendidos, y por verdadero que sea para nosotros el pensamiento o el sentimiento que expresamos, siempre hay algo de impostura. Lo que cambia de una persona a otra, de un texto al otro, es el grosor y la transparencia del material que forma la máscara, no si vamos con disfraz o sin disfraz a la fiesta.) Y se pueden decir muchas verdades de esa manera.

Foto por Iris Mónica Vargas

IMV: Nunca puedo ser todas las personas que quiero ser, ni vivir todas las vidas que quiero vivir. Tampoco puedo entrenarme en todas las destrezas que quiero. ¿Y por qué quiero? Quiero vivir y sentir todas las formas, tonalidades y variaciones posibles de la experiencia física e intelectual en mi vida. Lo dijo Silvia Plath. Con eso me identifico profundamente. ¿Con qué te sientes identificada tú, Rosa?

RVO: Mi motor es la búsqueda. Soy la caricatura clásica del perrito que corre tras la salchicha sin poder atraparla. Mientras vea algo, aunque borroso, delante de mí, que se parezca a una idea o una imagen que valga la pena atrapar iré tras ello, lo encuentre o no lo encuentre. Vuelvo a escribir porque lo que escribí antes dejó de gustarme. Me identifico con esa carrera contra mí misma, contra los pasos anteriores. No reniego del pasado, pero tampoco quiero instalarme en él. Si sintiera que he llegado a alguna parte, me moriría como escritora.

Sylvia Plath dijo, también, que no ser perfecta la lastimaba. A mí no me lastima mi imperfección, me fortalece. Cuanto más incapaz me veo de conseguir algo que de verdad me interesa, más insisto. Por eso no temo a los experimentos. Como autora con más obra inédita que publicada, he tenido la gran libertad de jugar en mi taller con poéticas opuestas entre sí sin que nadie se entere. Así mismo leo e investigo, no buscando aquellas cosas que se me parecen, o con las que estoy de acuerdo, sino las que retan mi curiosidad y mis criterios.

Es un proceso que me ha costado lágrimas, pero puedo decir que he llegado a agradecer la lentitud e irregularidad con la que han aparecido mis libros, no solamente porque me ha dado espacio y tiempo para la auto crítica, sino porque tengo bastante trabajo con intentar ser yo misma y estar presente para las personas a las que quiero, que necesitan de mí más de lo que yo necesito la poesía. Lograr un equilibrio entre la vida y la práctica literaria, moderar la intensidad de esa búsqueda de la que te hablé, que se traduce en horas de soledad y de silencio, es un arte que apenas estoy empezando a manejar, porque lo más cómodo para mi es permanecer en el círculo cerrado de mis imaginaciones, pero tengo claro que mi prioridad es ser persona, y que no hay libro que pueda importar más que la vida en compañía. En este otro plano no tengo que correr tras algo que se escapa, sino caminar junto a quienes amo y me aman: me identifico con ese encuentro.

La poeta y escritora puertorriqueña Rosa Vanessa Otero, en Stethoscopes & Pencils (2021).

IMV: Hoy, el día en que redacto esta parte de nuestra conversación, visitamos una playa. No era como las playas de Puerto Rico: no había árboles cerca ni palmeras. A las seis de la tarde, en julio, la marea está baja, y puede uno ver la formación de rocas que usualmente yace cubierta de agua. La arena es de un delicado gris oscuro. Su superficie, ondulada, con valles y crestas, ha tomado sus formas no del baile del viento imprimiéndole sus pisadas, sino de la dinámica de movimiento de cada grano, individualmente, sobre su superficie, con sus trayectorias alargadas y asimétricas, levantándose abruptamente de la cama de arena, para luego estirarse viento abajo mientras es barrido. Los niños querían quitarse los zapatos y sentir la arena. Yo les repetía que simplemente la tocaran con sus manos (tan sólo para evitarme el trabajo de tener que limpiar sus pies más tarde). Ellos argüían que no era lo mismo tocarla con las manos que sentirla con los pies. Ante la posibilidad de que mi terquedad práctica fuera a prevenirles de una experiencia sensorial importante, les dejé quitarse los zapatos. “Está fría,” dijo uno. Yo la toqué con las manos y no la sentí así. Quisiera decirte que me quité los zapatos también y me permití sentir la arena fría bajo los pies, pero no es así que termina la historia. Y se me ocurre que a veces cuando uno escribe, también hace lo mismo, a veces a propósito, porque quieres sentir pero eliges cuán cerca o cuán lejos. Escojes la magnitud de tu vulnerabilidad ante el sentimiento, del mismo modo en que escoges tu cercanía o tu aproximación al paisaje. ¿Existen cercanías a ciertos temas, a ciertos paisajes de la experiencia humana, que aún no te permites? ¿Cómo manejas/ navegas esas distancias?

RVO: Comenzaste la entrevista preguntando sobre la autenticidad. Y para mí, esa es la respuesta a esta otra pregunta. Me acerco o me alejo tanto como la autenticidad permita. Y a veces no es una cuestión de permitirme o no permitirme algo. Hay conexiones sicológicas profundas que, como ese mar que has descrito, producen un movimiento interior apenas perceptible en el nivel consciente y que llegan al poema de manera casi autónoma. Se trata de una cercanía espontánea, de una inclinación del ánimo. Y luego están las cercanías provocadas a conciencia, por interés en un tema de estudio o un objeto de atención. Esas las trabajo por curiosidad o por disciplina, como una dibujante del natural.

Las lejanías no las administro ni las nombro, porque no existe un programa de temas prohibidos. Solamente me cuido de no meterme en asuntos que no conozco por experiencia, lectura o investigación, o que no me apasionan ni interesan lo suficiente, porque el resultado sería superficial y falto de intensidad, y eso se nota. Nunca llegaré a un tema porque esté de moda o porque es lo que se espera.

(…Estuve con mi familia este mismo mes en una playa justo como esa que describes, y ninguno de nosotros se quitó los zapatos, pero nos subimos a las rocas para dejamos salpicar por el agua de la rompiente. De esa visita redacté un texto en prosa y un poema. Ahora, al leerte, mi imaginación creyó que hemos estado en la misma playa. Eso es cercanía, y llegó sin planificación.)

Foto por Iris Mónica Vargas

IMV: Rosa Vanessa, estaba leyendo un ensayo escrito por Aída M. Beaupied sobre el autorreconocimiento y la autogénesis en la obra de Julia de Burgos. De ahí proviene esta pregunta. ¿De qué manera crees tú que impacta ser mujer en la dinámica entre auto negación y autorreconocimiento que experimentamos como escritoras, como poetas, si fuera el caso que también tú lo experimentas? ¿O es que existe la misma dinámica, si escribes, independientemente de tu género?

RVO: Nunca he oído frases como: “tú no puedes o no debes escribir porque eres mujer”, o “como eres mujer debes escribir de esta o de aquella manera” o “así no escriben las mujeres”, pero mentiría si te dijera que la conciencia de ser mujer no ha ejercido una gran presión sicológica sobre mi proceso de escritura.

Ciertamente, hay más hombres que mujeres en las antologías literarias, también en la alta gerencia de las editoriales, y se reconoce más a los escritores como pensadores que a las escritoras, a menos que una gane un premio importante; entonces nos enteramos de que existen Wisława Szymborska o Louise Glück. Estoy bajo la impresión de que, en la crítica, el acercamiento a la poesía escrita por mujeres todavía parte de lo biográfico, mientras que a la poesía escrita por hombres se la estudia más desde la teoría y la estética. Se nos reconoce menos como formadoras de pensamiento e innovadoras del instrumento. Y todo eso pesa, aunque una no lo reconozca a diario; son mensajes indirectos que se van sedimentando en el subconsciente.

Ahora bien, pienso que al género sexual hay que sumarle muchas otras variables que pueden hacer más difícil el camino de una autora. El acceso a la cultura y la educación, por ejemplo, está cada vez más controlado por el capital. No puede ser lo mismo nacer mujer en una familia de docentes universitarios, o de empresarios y tener, desde pequeña, acceso a una gran biblioteca o los estudios universitarios asegurados, que nacer mujer en una familia de empleados no diestros, o de desempleados; como tampoco es lo mismo, sicológicamente, tener una familia que no tenerla. Si añadimos otros elementos, como la raza, la orientación sexual, la nacionalidad, la política o la religión, podríamos hallar una suma exponencial de motivos de auto censura o de censura. 

Tal vez me equivoco, pero en mí ha pesado más la conciencia de venir de cero económica, cultural y socialmente, y tener que superar a través de la educación ese vacío (algo que mi padre me transmitió con mucho fervor, lo que le agradezco), que solamente el ser mujer. Claro, a mi padre le preocupaba que pudiera obtener una profesión para trabajar y generar ingresos (no quería que ninguno de sus hijos fuera un obrero como él); en ese sentido, no me crió para esperar por el príncipe ni me diferenció de mis hermanos; pero querer ser escritora iba más allá de aquel objetivo, y yo lo supe desde el principio sin que nadie me lo dijera. Solamente por esta razón no me matriculé en literatura durante el bachillerato: porque pensaba que era mi obligación como hija estudiar algo que generara algún empleo. Así llegue al periodismo, aunque tampoco es una profesión mayoritaria, y estoy muy feliz por esa decisión, porque me dio estructura. 

Me voy a permitir compartir aquí mi experiencia. Mucho antes de reconocerme escritora tuve que afirmarme como persona y como mujer en mi vida diaria y reconocer que mi ser no puedo pedírselo a la literatura. En ese proceso perdí oportunidades de publicación y de exposición, pero no las palabras, y gané experiencias que hoy profundizan mi escritura. Después de la publicación de mi primer libro pasaron años sin que pudiera publicar otro. Mientras tanto, seguí escribiendo y trabajando a tiempo completo como editora, y formé una familia. Quiero decir que la maternidad fue una revolución hermosa e implacable que tiró mis borradores al fondo del canasto de la ropa sucia (metafóricamente). Estaba entre fascinada y asustada todo el tiempo, siempre con las manos llenas. Había entrado en otra dimensión en la que mi ser estaba implicado por completo y sin la cual no sería quien soy ahora: ni mejor ni peor, pero sí más consciente de mis límites y de mis potencialidades.

…Cuando la mente y el cuerpo se reajustaron a la nueva realidad pude escuchar el silencio que rodeaba a mi persona literaria: no existía. Fue entonces cuando agarré aquellos papeles (esto es literal), los aventé frente a mí y más de veinte años de trabajo quedaron dispersos sobre el suelo. En ese punto estaba lista para tomar una decisión radical, como suelen ser mis decisiones: o los quemaba, y emprendía otros caminos, o los recogía como una parte de mí que valía la pena rescatar. Obviamente, no los quemé. Comencé a organizarlos y me animé a escribir algo nuevo, de madrugada, robando minutos a mis pocas horas de sueño. Ese poemario es To muddy death (2013) que trata, precisamente, de esa tensión entre la auto negación y la auto afirmación de mi ser intelectual y creador, y es un comentario sobre ciertos aspectos del imaginario que los artistas varones han formado sobre las mujeres. Ese libro marca un antes y un después en mi determinación por reclamar un sitio como escritora.

Foto por Iris Mónica Vargas

IMV: Hace algunos años, durante la única oportunidad que he tenido para conversar un ratito con la admirada escritora Yolanda Arroyo Pizarro, le hice esta pregunta: ¿Cómo se autoriza uno para contar las historias que quiere uno contar, las que siente uno que tiene que contar? Me parece que para poder contar una historia, de la manera que fuere, tiene uno que estar en absoluto convencido de que la historia es importante, de que lo que tiene uno que decir es de importancia. ¿Por qué otra razón perdería una el tiempo intentando crear la manera para expresar una idea o experiencia? Me torturaba la posible contradicción entre autorizarse a contar una historia y ser percibida como arrogante al hacerlo. Me sigue pareciendo interesante que el ejercicio de contar una historia sea, en principio, concebir, crear, como una suerte de arrogancia que te lleva a conectarte con otros. Es extraño que lo muy particular pueda llevarte hacia lo universal. Tú, al expresarlo de la única manera en que puedes hacerlo, de acuerdo a tu experiencia, intercambias con otros similares experiencias en sus vidas. En decir, que es el “yo” el que guarda las verdades microscópicas. Lo que tú sientes, lo que tú sabes, en ello se halla lo interesante. Lo que experimentas y cuentas, desde tu “yo” particular, es lo verdadero, la historia que debes contar. ¿O no? ¿Qué piensas de todo lo anterior?

RVO: Esa arrogancia a la que te refieres es necesaria, y se modera con una auto crítica serena y la conciencia literaria. La libertad de expresión es un derecho, pero no existe un derecho a ser escritor o escritora, publicar tus libros y tener un público que te lea. La escritura literaria es una apropiación del lenguaje para hacerlo cumplir una facultad que va más allá de la comunicación funcional, por eso es un arte. Sobre todo, la poesía.

Mi primer amor literario fue la narrativa, y pensaba que quería ser narradora; pero fue en la poesía donde encontré esa “otra razón” por la que preguntas, y que me hace posible escribir, aunque de este acto no pueda surgir la vida, ni logre salvar a alguien de la muerte, que son las únicas causas que consideraría verdaderamente válidas para reclamar la literatura como parte del reino de los vivos. (En esto concuerdo con Raúl Zurita: lo importante de un poema de amor no es el poema, sino el amor que intercambian las personas que se aman).

Sinceramente, a mí no me interesa contar. Ni quiero transmitir mensajes. Ni entretener. Ni hacer avanzar causas mediante la literatura. Ni auto biografiarme. Quiero dar forma, cuerpo, a una figura que recibe su entidad del lenguaje y, por lo tanto, es intocable e inaprehensible, y no ocupa espacio sino en la mente de quien, en el uso pleno de su libertad, asiente a reconocerla digna de su atención.

Cuando cuento algo (he publicado en 2020 un libro de narrativa, Marejadas), lo cuento porque le encontré su música interna, su poema, no la anécdota. Y cuando escribo un poema, no quiero “decir” sino provocar una sensación artística que pueda ser una “experiencia”. Las palabras son imanes que flotan, imanes cubiertos de capas que les llegan de la historia y el uso de la lengua, de la cultura, de la literatura, y de todo cuanto hemos escuchado y nos han escuchado decir desde que nacimos, y cómo nos lo han dicho o lo hemos dicho: hay una historia cultural de las palabras, pero también nuestra historia personal con las palabras. Las combinaciones son infinitas. Abajo estoy yo, jugando a juntar esos imanes, como quien intenta mantener volando muchas chiringas a la vez sin enredar las cuerdas, porque hay palabras que se llaman unas a otras, por semántica, por fonética, por etimología o por sicología profunda y hay que dejarlas juntarse, aunque digan lo que no queríamos decir, o precisamente con ese fin; otras veces, una las obliga a separarse o las suelta sin preocuparse demasiado por la altura o la duración del vuelo.

He encontrado en la belleza, así de trasnochada como puede sonar esta frase, mi “otra razón” para escribir. Porque lo bello se ha convertido en un lujo, cuesta muy caro y está artificialmente estratificado y codificado por la narrativa del mercado. Y una de las pocas riquezas por las que no he pagado un centavo desde que nací, aparte de la vida misma en todas sus manifestationes y el amor que he recibido y he dado, son estas palabras con las que hablo y escribo. Y si puedo, con ellas, arrancarle algo gratis a la inteligencia que mueve secretamente los hilos de este tinglado, así lo haré. Porque hay belleza que existe y se deja ver, y hay belleza que puede construirse desde el arte; y ambas son reales. Hablo de la belleza como si hablara de la verdad; pero esa es más esquiva por compleja.

Desde el momento en el que emite su primer balbuceo, el yo aporta lo que puede como punto de partida inevitable, pero pronto se descubre muy chiquito ante tanta maravilla que lleva la música por dentro, y aprende a echarse a un lado para escucharla, como el infante que agita un juguete que debió arrastrar como un camión, pero le da un par de golpes y lo convierte en maraca.

Foto por Iris Mónica Vargas

IMV: La radio como medio de comunicación siempre me ha parecido mágica. Creo que debe ser porque cuando estaba en la escuela superior, tenía un buen amigo que se había auto enseñado a construir aparatos de radiocomunicación que diariamente usaba para mantener conversaciones cortas con personas de muchos otros países. Muchas veces, cuando teníamos oportunidad de encontrarnos, me contaba muy orgulloso sobre las cosas que descubría durante esas interacciones. Mi amigo ya no existe, pero sus cuentos y sus aventuras siguen pintando mi impresión sobre la magia de la radio. Recientemente, leí un artículo en la Revista Tinta Digital, sobre la historia de la radio en Puerto Rico. Resulta que esa historia comenzó con el ingenio y curiosidad de otro aficionado a la electricidad, un chico llamado Joaquín Agusty, que luego de darse a conocer por sus inventos construyendo un aparato receptor, en el año 1916, seis años más tarde, en 1922, es nombrado como director y administrador de la primera estación de radio en Puerto Rico, WQAK —segunda estación radial en América Latina y quinta en el mundo. Rosa Vanessa, tu labor en Alapoesía te hace parte importante de esa historia. ¿Qué significa para tí la radiocomunicación, y qué es, en particular, lo que te permite hacer como creadora y artista?

RVO: Gracias por considerar importante lo que estoy haciendo en la radio. Los programas informativos de Cadena Radio Universidad de Puerto Rico siempre han dedicado mucho espacio a todos los aspectos de la cultura y la literatura puertorriqueña, pero desde hacía dos décadas no había uno especializado en poesía. Llegamos en 2019, y tal como esperaba, nunca me ha faltado material, porque este género literario está viviendo un gran momento. Hay en el país una buena cantidad de poetas jóvenes entre los 25 y los 35 años de edad que necesitan espacios de difusión, y tenemos también el privilegio de poder conocer a poetas ya consolidados de promociones anteriores que están en la plenitud de su creación y que ven en el programa una oportunidad de mantener su contacto con el público.

Es curioso que esta efervescencia del género en Puerto Rico ocurre después del colapso de las editoriales y librerías tal como las conocimos hasta el 2000, y bajo el signo de la crisis económica generalizada. Al principio invité gente a la que he estado leyendo desde hace tiempo, y que sabía que no me dirían que no: tenía mi lista. Pero muy pronto empezaron a llegar autoras y autores de todas la edades, poéticas y etapas de creación a los que no conocía o de los que sabía poco. A partir de ese punto, ha sido un viaje de descubrimiento maravilloso, porque me obliga a explorar lo desconocido. A veces, debido a la frecuencia semanal de las producciones, el tiempo de lectura y preparación se me estrecha, sobre todo a partir de la pandemia; pero nunca me permito entrevistar a alguien sin haber leído algo significativo de su obra y la crítica disponible; ese respeto se nota, creo. Además, cuento con la colaboración del poeta y editor Marioantonio Rosa en la reseña de los poemarios, y con el narrador y comunicador Richard Rivera Cardona, quien ocasionalmente trae entrevistas sobre otros géneros literarios, especialmente de autores noveles que están en el movimiento de las auto publicaciones.

Foto por Iris Mónica Vargas

Al programa le queda mucho espacio de crecimiento. Por ahora me basta con la poesía puertorriqueña, debido a la necesidad que tenemos todos aquí de espacios como este, y porque las publicaciones y presentaciones de muchos colegas se vieron muy afectadas debido a la pandemia. Pero el crecimiento lógico debe ser expandirse hacia otras comunidades poéticas en lengua castellana, ya que la tecnología del podcast lo exporta a todo el mundo.

Personalmente, Alapoesía es el resultado de muchos años de aprendizaje, pero, sobre todo, es el primer momento de mi vida cuando prácticamente todas las cosas que he hecho por separado y en distintas etapas por fin se han integrado. Aquí aplica la pregunta que me hiciste sobre la auto negación y la auto afirmación. Me explico. Ejercí poco el periodismo porque siempre supe que mi personalidad e intereses no iban por el camino de las noticias de actualidad, sino de la cultura; pero ese tipo de periodismo no abunda aquí. Unas circunstancias concretas me llevaron a trabajar a la Editorial de la Universidad de Puerto Rico, donde descubrí otro camino posible: la edición de libros. Y ejerzo este oficio a jornada completa desde mediados de los años noventa. A ese lugar y a mis colegas editores más experimentados les debo mi formación como editora de libros. Esa experiencia, aunque me alejó del periodismo, me dio el espacio que necesitaba para aprender a leer. Entonces, la edición se tragó a la periodista. …Hasta que el pequeño mundo de los libros empezó a vacilar y me vi cuestionándome a mí misma si yo podría tener un después profesional alterno en el caso de que la Editorial sucumbiera. La respuesta interior fue: “Sí, tengo mucho más que dar, y quiero empezar a darlo sin que tenga que ocurrir un cataclismo”. Me afirmé en que estos años como editora me han permitido saber dónde están y quiénes son los escritores y las escritoras del país, y cuáles son sus dificultades. Que una poeta y editora con formación de periodista puede conectar fácilmente con lo noticioso dentro de lo literario y con lo literario dentro de lo noticioso. Y me afirmé en algo más que no mucha gente sabe: durante mi juventud estudié Drama y esa preparación me da lo que hace falta para leer los textos en voz alta con soltura y convicción. Ya era feliz, pero el programa me responde con una alegría indescriptible. He recuperado algo que ni siquiera sé nombrar, cuya pérdida había subestimado. Lo único que sé es que, tal como intuyes, lo recuperado tiene que ver con otra forma de canalizar mi creatividad, que se alimenta de todos los aprendizajes de una vida, y que sale en busca del colectivo. Estas afirmaciones han sido un camino de regreso a la joven que fui, pero con la madurez de los años, sin abandonar lo anterior. Y no recibo un dólar extra, como tampoco lo reciben la mayoría de los productores, que casi todos son profesores de la Universidad. Lo veo como una forma de agradecer, de seguir aprendiendo, y de crear desde otra perspectiva.

Me he extendido en esta respuesta; se debe al entusiasmo. Gracias, Iris Mónica, por dedicarme algo de tu tiempo, y adelante con este proyecto tuyo que también es un registro muy importante del presente literario del siglo XXI.

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A continuación, una muestra de poesía en manos e intelecto de Rosa Vanessa Otero. La selección pertenece a Kámalas, un poemario en edición, y se titula Allí, donde los monstruos.

Poesía de Rosa Vanessa Otero, escritora puertorriqueña. (Stethoscopes & Pencils, 2021)

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Rosa Vanessa Otero, puertorriqueña, ha publicado los poemarios La vocal encinta y otras encarnaciones (Editorial EDP, 2018), To muddy death (Editorial del Instituto de Cultura Puertorriqueña, 2013), Mater (artefactosonoro, 2008), En el fondo del Caño (Genealogía)(Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 1997) y la colección de narrativa infantil Marejadas, Cuentos de Pleamar y Bajamar (Babidi-bú Libros, 2020). Tiene en proceso de edición varios proyectos inéditos, entre ellos el volumen Kámalas -hojas de papel calado- y una antología que recogerá los títulos inéditos La mujer de Job (c. 2006), Loquios de La Poetriz (c. 2015) y Salmo a la saliva de John Doe (glosa libre a Canto de la locura de Francisco Matos Paoli) (c. 2016). Se dedica, además, a la edición de libros para la Editorial de la Universidad de Puerto Rico y ejerce el periodismo literario como productora y conductora del programa de radio Alapoesía para www.wrtu.pr, Cadena Radio Universidad de Puerto Rico, entre otras colaboraciones para medios culturales. Mantiene este blog autorial y este.

Iris Mónica Vargas, puertorriqueña, ha publicado los poemarios La última caricia (Terranova Editores, 2014), y El libro azul (Snow Fountain Press, 2018), libro por el cual fue galardonada con un Premio PEN Puerto Rico Internacional en 2018. Acaba de terminar su tercer libro, El día en que dejamos la tierra. Ha sido físico (Harvard-Smithsonian Center for Astrophysics), escritora de divulgación científica (MIT, Harvard Gazette/Harvard Science, entre otros) y traductora (Science@NASA). Actualmente continúa sus estudios de medicina. Tiene varios trabajos inéditos: dos libros de poesía, un libro de cuentos, y dos libros de no ficción. Parte de su historia la comparte aquí.

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