Una historia de Reyes improbable

Por Iris Mónica Vargas

(Estampa)

Mi padre creció en el Residencial Manuel A. Pérez. Recuerdo cómo en cada viaje que hacíamos a San Juan o a Río Piedras, nos ofrecía llevarnos al Residencial. Contra la voluntad de mi madre, quien ya se acompañaba del miedo que comúnmente arropa a quien escucha la sola mención de “un residencial público” en Puerto Rico, mi papá nos paseaba por allí. El paseo parecía más largo de lo que realmente era, compartido como estaba entre la disonancia, que objetaba el tramo constantemente, y el silencio, sumergido en el recuerdo del universo de la infancia.

[La desgracia del miedo es que se torna más grande que la realidad, e inclusive, es capaz de borrarle por completo. En el interior del miedo no existen las similitudes.]

Tenía seis años mi padre y, en su televisor, en lugar de ninjagos japoneses o guerreros intergalácticos, cabalgaban los Indios, que podían haber sido una mezcla entre los nativos americanos del cine de la época, y los aborígenes de Puerto Rico, los Taínos. Vaqueros del oeste rondaban en los bares con sus Remingtons y sus Winchesters.

En ese día de reyes de los recuerdos de mi padre, los tres Reyes magos trajeron los disfraces. Vaqueros o indígenas, los niños; y las niñas, la aún más improbable (al menos, en mi usual imaginario de Reyes), Annie Oakley. Oakley era una mujer que había entrenado en la cacería desde pequeña para poder alimentar a su familia. Aparecía frecuentemente en el show de Buffalo Bill, y era capaz de acertar al disparle a un cigarro sostenido entre los labios de su esposo. Era una mujer de carne y hueso, pero sus impresionantes destrezas de tiro al blanco le convirtieron, desde los quince años, en un personaje.

Los vaqueros, los indígenas y las Annie Oakley corrían y gritaban jubilosamente orbitando un mundo que consistía en el edificio D, donde vivía mi padre en el apartamento ocho, el edificio vecino y otro más allá. En una de esas vueltas cayó un pedazo de diente que nunca regresó a su pequeño vaquero, perdido ya en la inmensidad de un Universo-parque el cual, como muchos otros en el Residencial, habría de perder algún día sus columpios para transformarse en estacionamiento.

Mi padre recuerda ese día de reyes con la misma alegría con la que recuerdo yo los míos, y, es posible, no muy distinto en espíritu a como lo habrán de recordar mis hijos. Su padre y su madre caminaban con sus seis hijos —tres niños y tres niñas— a la parada de guagua. Tomaban el autobús hasta San Juan, deteniéndose en el parque Muñoz Rivera. Cuenta mi padre, abriendo muy grande sus ojos negros, como hace cuando comparte cuentos, animado, que en aquellos días el parque no era un parque, sino toda una galaxia adornada de fiesta: estrellas con sillones que llevaban al astronauta a dar vueltas una y otra vez, caballitos de colores cabalgando en las olas de un carrusel, y piragüas de coco y anís que endulzaban la risa.

En la radio del autobús, y todavía, en el día de reyes de mi padre, se escucha a Pérez Prado, con la misma canción de fiesta:

Mambo

Qué rico el mambo.

Mambo.

Qué rico el-el-el-el.

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Iris Mónica Vargas es escritora y poeta nacida y criada en Puerto Rico, con el amor y el sacrificio de una madre, hija de Barrio, y un padre, hijo de un Residencial público, además del trabajo incansable de los maestros y maestras de las escuelas públicas de Puerto Rico. Actualmente, le parece que reside en todas partes, y se protege del sereno en su memoria.


La escritora
puertorriqueña Iris Mónica Vargas.

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