Doña Vilma y su cortejo: Postales de una tarde en un hospital en Managua

Por Danilo López-Román

“Ay! ¡Yo no quiero que me operen!”, dijo Vilma Román mientras era conducida por su esposo e hijos con amor y firmeza [será eso lo que los americanos llaman “tough love?] hacia el Toyota Tercel gris modelo 2000. En pleno siglo XXI, no hay ambulancias en Managua y la re-elección de Daniel Ortega a la presidencia de la república en Noviembre de 2007 únicamente trajo falsas esperanzas a los millones de pobres que aún no tienen acceso a los servicios de salud social. “Es muy pronto todavía” declaró el ministro de salud, “hay otras prioridades”.

La prioridad de los familiares de Vilma Román ama de casa sin derecho a servicios públicos de salud por no haber cotizado nunca al Instituto Nicaragüense de Salud Social [INSS] a pesar de que su esposo si cotizó por casi 50 años, es llevarla al hospital Salud Integral. Sus hijos, todos residentes en el extranjero se han congregado en la casa paterna por primera vez en largos años para poder auxiliar moral y económicamente a su padre. 

El ingeniero retirado Adolfo López, con 84 años de edad, ha sido fuertemente golpeado por la noticia del médico de cabecera: “Le hemos extirpado la vesícula, pero la piel sigue poniéndose más verde cada día. Eso indica que el páncreas está bloqueado y la bilis se le está derramando por el cuerpo. La sangre la absorbe y eso le cambia la coloración. Si no destupimos el conducto biliar que va del hígado al páncreas, se va a envenenar y eso puede traer consecuencias fatales. Hay que operar lo más pronto posible. Digo lo más pronto, pero antes tenemos que estabilizarle el azúcar. Como ella es diabética hay que tener mucho cuidado”. El Dr. Marlon López, internista y miembro del grupo de oración del matrimonio López, es franco y sin rodeos. “Hay que ponerla en las manos de Dios” agrega sonriente “Y hay que poner mis manos en las de El también”.

En el Tercel viajan José, un chofer contratado por día, y la hija mayor Ana, que vino desde España con su esposo Gonzalo. Doña Vilma y don Adolfo viajan en el Nissan Sentra alquilado por Adolfo Jr. que viajó desde Texas.

El hospital está situado a veinticinco minutos de la casa. Es una de las ventajas de vivir en Managua: todo queda cerca, a pesar del tráfico infernal, las violentas piruetas de taxistas, camiones, motociclistas, autobuses, y otros automóviles particulares que no respetan peatones ni semáforos e ignoran campantemente cualquier regla mínima de urbanidad y educación.

El Hospital Salud Integral es considerado como el hospital privado más avanzado y a la vez económicamente accesible de la capital. Están también el Hospital Bautista, que es muy caro; el Hospital de la familia Pellas, todavía más caro; el hospital Militar, disponible solo para los soldados, oficiales y sus familiares; y los hospitales del INSS, cuya calidad, dicen, deja mucho que desear.

Llegamos y nos estacionamos. El lote de estacionamiento ocupa una media cuadra y está situado calle de por medio con el hospital. Managua está dividida en cuadras, bloques de una manzana [medida española equivalente a unos 80 metros por 80 metros] donde se han desarrollado y coexisten una serie de usos a menudo inverosímiles: el hospital ocupa una manzana entera; pero la manzana de enfrente hacia el norte tiene cantinas, residencias particulares y una pulpería [tienda de abarrotes]. La cuadra hacia el sur tiene una cafetería, una tienda de leche agria, un billar, y residencias particulares. La cuadra hacia el este tiene residencias particulares. En la calle donde está la entrada principal al hospital se ven taxistas estacionados sonando la bocina llamando la atención de clientes potenciales. En la acera de la misma entrada siete vendedoras de comida se han colocado una detrás de la otra con toldos, mesas de madera y estufas improvisadas donde cocinan gallo pinto [arroz con frijoles], queso frito, y maduro asado. Ahí mismo preparan ensaladas, refrescos naturales y agua helada, en medio de moscas, calor, polvo, humo de automóviles, y niños mocosos sentados a sus pies, llorando o pidiendo “una limosna por el amor de Dios”.

Esta escena se repite en la cuadra al oeste, donde se sitúa el estacionamiento del hospital, cercado por una pared de bloque y verjas de hierro, y un portón guardado por un policía de seguridad. Salud Integral es un edificio de bloques de concreto que el día de su inauguración seguramente fue verde subido. Ahora lucha por aparecer nuevo. No se vislumbran árboles ni tiene ventanas. El techo es de tejas, como casi todos los edificios de la capital.

El destacamento de los López hace su ingreso inmutable. Un par de jovencitas atentas sientan a Doña Vilma en una silla de ruedas. Ana y Gonzalo se quedan con ella y José espera afuera muy prudentemente. Él es graduado de administración de empresas, pero el desempleo le obliga a trabajar de chofer ocasionalmente, especialmente para clientes que vienen del exterior y pagan en dólares. También tiene una finca con su hermano mayor, y ahí siembran plátanos, mangos, piñas y otras frutas que venden en el mercado o a cadenas de supermercados.

Mientras tanto, Don Adolfo y Jr. se dirigen a la caja donde abren una cuenta con tarjeta de crédito y un depósito de 500 dólares. Cada día, la cuenta se actualizará dependiendo de los gastos incurridos. Es como dar un cheque en blanco. Pero con la salud no se juega y, casi manos arriba, los Adolfos le muestran a las jovencitas atentas el recibo por el depósito requerido para que Doña Vilma sea conducida a su cuarto privado. El pasillo se estrecha de nuevo para, a través de dos puertas de vidrio opaco, abrirse otra vez en un anchísimo pasillo perpendicular el cual recorren los López. Hacia la derecha, hay cuartos a uno y otro lado del pasillo, resguardados por una estación de enfermeras, un mostrador en forma de C contra la pared, con papeles, un lavabo, y gabinetes en la pared. El pasillo termina en un par de puertas de vidrio opaco que nunca se abren, pero que dejan ver la claridad del sol de medio día quemando allá afuera.

Hacia la izquierda se repiten más cuartos a uno y otro lado. Un ascensor al inicio del pasillo marca la diferencia con el lado derecho. El pasillo, que por alguna razón incomprensible sube de nivel un metro [3 pies] a medida que avanza, remata con otra estación de enfermería igual a la mencionada antes, excepto que ésta tiene una cafetera “para uso exclusivo de los médicos” según informa una enfermera. Es un lugar callado la mayoría del tiempo, con personal de limpieza que va y viene, enfermeras que pasan con su uniforme y estuches de jeringas en la mano o aparatos para medir la presión o bolsas plásticas transparentes de suero.

Las paredes de bloque, del mismo color azul muerto de afuera, no tienen ventanas. Están adornadas, eso sí, por coloridos óleos de cada uno de los presidentes o directores nacionales [así se les llamaba antes de la guerra Nacional de 1856] que ha tenido el país desde la Independencia de España en 1821. Llama la atención, e indigna a no pocos, la presencia de William Walker, el gringo de San Francisco, California que invadió Nicaragua con un puñado de filibusteros buscadores de oro a principios de siglo y se autonombró presidente de la República, aprovechando otra de las muchas guerras intestinas que agobiaban a la nación. “Río revuelto, ganancia de pescadores”.

Doña Vilma y su cortejo son llevados al cuarto número 9. Es un espacio de 12 pies por 12 pies, con una cama de hospital y otra, mucho más sencilla, obviamente para un acompañante, lado a lado. Una unidad de aparato para aire acondicionado está frente a la entrada en la pared opuesta. No hay ventanas. Una mesita de noche entre ambas camas contiene el teléfono, una lamparita, un mínimo directorio telefónico, y una Biblia. Una puerta en la pared opuesta a la de las camas lleva a un baño con inodoro y lavamanos blancos. Las paredes del baño son de azulejos. Hay una ducha también de azulejos con una silla para minusválidos. Tampoco tiene ventanas. Una luz incandescente y triste ilumina el baño. Una luz fluorescente, más viva, ilumina el cuarto.

Como el teléfono no funciona y el técnico que lo repararía se da por vencido, a Doña Vilma la trasladan al cuarto número 8. El doctor aparece y pide al séquito que abandonen el cuarto para conducir su examen. Solo Don Adolfo se queda. Al terminar la auscultación, el médico llama a los hermanos aparte para platicar en privado. Lo hacen junto a la estación de enfermería, donde el teléfono suena constantemente y la jefa de enfermería gira órdenes en voz alta a las asistentes cada 30 segundos. Explica la operación en detalle. Ofrece seguridades y está abierto a preguntas. Como no hay ninguna [así de detalladas y claras han sido las explicaciones] todos vuelven al cuarto. Una larga oración comunal termina la sesión. Entran las enfermeras y piden a todos que abandones el cuarto una vez más. Es hora de preparar a Doña Vilma para la operación. Serán tres horas.

Mientras sale Doña Vilma al quirófano en una camilla, cubierta con una sábana blanca hasta el pecho, los ojos llorosos, la familia observa, le acarician la cabeza, se aferran a la mano que no tiene la aguja con el suero. Don Adolfo trata de aparecer valiente, pero se conocen por más de 50 años. Ella adivina el sufrimiento de él. Él sabe que ella lo adivina y se retira pronto. La ven desaparecer dentro del ancho elevador de acero inoxidable, pero la siguen por las escaleras. El edificio tiene dos pisos. Siguen la camilla hasta la entrada el quirófano. Un letrero que dice “Prohibida le entrada. Solo personal autorizado” y la sonrisa de las enfermeras los detiene.

Se reúnen todos en la cafetería que está en el mismo segundo piso, previa procesión a través de otro laberinto. Un espacio improvisado frente a los laboratorios de análisis clínico. Claramente se ven, a través de amplios ventanales, a varias jóvenes en bata de científico manipulando especímenes, escribiendo en papeles después de observar con un ojo a través de los microscopios. Es como estar viendo una película. ¡Pero se corre el riesgo de perder el apetito si uno imagina que tipo de muestras pueden las señoritas estar analizando!

Adolfo Jr. se separa en cierto momento del grupo. Va al baño del primer piso. Una escalera lo lleva al área de emergencias. Está abarrotado de niños llorando, ancianos quejándose lúgubremente, mujeres parturientas, maridos desesperados, enfermeras al borde del colapso, médicos corriendo de un lado a otro, asistentes de enfermería tomando notas, datos, el pulso. Es pandemónium. Los baños están sucios. Un empleado de limpieza anuncia que hay un corte de agua a unas pocas cuadras de distancia y toda la zona está sin agua. Si los programas de TV americana muestran a las salas de emergencia como sitios de completo caos, deberían de echarse un vistazo por un hospital en un país pobre para engrosar sus libretos de drama.

Tres horas más tarde, mientras todos están junto a la estación de enfermería esperando, se abre el elevador y aparece el médico muy sonriente: “La operación fue todo un éxito! Su mamá, su esposa, ¡se va a mejorar pronto!” Todos respiran aliviados. Se acercan al elevador a esperar a Doña Vilma. Se abren las puertas una vez más y ella, acostada en su camilla, medio dormida, llena de moretones en los brazos, la piel todavía verde, golpeada, dos intravenosas, una en cada mano, es una visión que resulta demoledora para Don Adolfo. Llega en esos momentos el hijo menor, Milton, de la Florida. Ella lo ve y su rostro se ilumina como no lo hacía en muchos años.

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Danilo López Román (2020)

Danilo López-Román nació en Nicaragua y obtuvo la ciudadanía Americana en el 1996 luego de haber residido temporeramente en Portugal y Honduras. Es un arquitecto graduado de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN), y posee una Maestría en Administración de Empresas (MBA, por sus siglas en idioma inglés) de la INCAE Business School, así como una Maestría en Bellas Artes (MFA, por sus siglas en inglés) de la Universidad de Texas en El Paso.

Sus poemas han sido publicados en numerosos medios tanto impresos como electrónicos, en los idiomas español e inglés, entre los cuales figuran las revistas Carrier Pigeon, Loch Raven Review, Hayden’s Ferry Review, Baquiana, El Pez y la Serpiente, The Chachalaca Review, BorderSenses, Ventana, entre otras. Su trabajo ha sido recogido en antologías en los Estados Unidos de América, Nicaragua, Palestina, Venezuela y Argentina.

López-Román ha sido traductor, editor, antologista y ensayista. De sus nueve volúmenes de poesía, sus trabajos más recientes son Extraña ciudad, Dona Nobis Pacem, y 2 Textos. Su colección de historians cortas, The Hells of Valhalla, acaba de ser publicada por Sophie Publishing House (September 2020).

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