A las cinco

Por Angelo Negrón Falcón

Categoría: ficción

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Toda la mañana de ayer estuve con un dolor de cabeza que ni el café, ni el acetaminofen eliminaron. Los casos a los que llené expedientes van desde una niña con un grano de maíz descompuesto en la nariz hasta veinte puntos de sutura en la frente de un hombre agredido por su esposa en defensa propia. Eso sin contar a Don Jorge, el ex militar que cada cinco o seis días nos visita con el mismo padecimiento inexistente, que se esmera en describir para, tal vez, escapar de la soledad que representa no tener con quien hablar.

Entre hipocondríacos y emergencias reales me toca tomar sus datos y entrarlos al sistema, buscar sus expedientes, o crearlos, en el caso de que sean pacientes de nuevo ingreso. Esta rutina hace que la sangre y las heridas abiertas sean ya elementos que no me sorprendan mucho. Hay excepciones, pero más me asombran las razones por las que llegan heridos. Mi vocación periodística renace cada vez que tengo un paciente enfrente y trato de inmiscuirme en sus vidas. No hace falta mucho, una pregunta y ellos te contestan las otras noventa y nueve que no formulaste. Muchas veces los pacientes, o sus familiares, me entretienen en la sala de espera contándose los problemas y chismes en voz baja como si no pudiesen ser escuchados. A lo mejor me equivoco y sí desean ser comprendidos, pues el morbo es la dosis perpetua en estas cuatro paredes.

Ayer en la tarde  llegó una mujer preocupada por tener hinchazón en los pies y tobillos. Dijo estar angustiada porque además sentía sus manos y pies fríos. Hice lo acostumbrado. Llené el papeleo, la envié a tomarse los vitales y regresó a completar la data para el plan médico. Al sentarse frente a mí nuevamente no permitió que yo hiciera muchas preguntas pues fue ella quien empezó a curiosear. Parecía estar flirteando conmigo, porque a pesar de que seguía mirándose las manos y pies no dejaba de mezclar sonrisas con muecas de dolor. El doctor la llamó para auscultarla por lo que hablamos muy poco, pero la combinación de gestos y su curiosidad por mí me dejó loco y con ideas. No es la primera vez, así que traté de no prestarle atención a las feromonas que aún quedaban en el aire.

La alarma de mi celular me indicó que eran las 5:00 p.m. y ya era hora de marcharme. Puse mi dedo pulgar en el reloj ponchador que me liberó de mis deberes. Caminé hacía fuera para buscar mi auto e irme a casa a descansar. Para mi grata sorpresa la divisé en el redondel donde llegan las ambulancias. Me acerqué y le pregunté cómo estaba.

     —Estoy mucho mejor — dijo mostrando su hermosa sonrisa de nuevo —No es nada grave— prosiguió —Pensé que era el comienzo del Chicungunya, pero solo estoy reteniendo líquidos. Me recetó un diurético y nada de alcohol. Levantar manos y pies y aplicar hielo. Mañana debo visitar a mi médico primario…

       — Me alegro mucho —le dije — ¿Esperas a alguien? — inquirí buscando información pertinente.

Dijo que no. Explicó que acababa de fumarse un cigarrillo y caminaría hasta el Tren Urbano a par de cuadras. Me ofrecí a llevarla, pero su respuesta fue negativa. Se frotó las manos y miró hacia la calle. Deduje que perdía el tiempo al confundir un encuentro casual con algo más y me despedí deseándole pronta y completa mejoría.

—No necesito que me des aventón, pero te acepto un café —dijo señalando la cafetería frente al hospital.

Le sonreí nervioso. Obviamente no esperaba su invitación. Cruzamos la carretera y tomamos café, ella dos con leche, yo uno negro y sin azúcar. Estuvimos largo rato hablando. Tenía algo que me desarmaba. Eran sus ojos o la manera en que movía la quijada en ese detenerse que tienen algunas mujeres al querer callar algo, como si masticaran suavemente goma de mascar.

—La plática está divina, pero el último tren es a las 11:30 p.m. y ya casi es hora— dijo mirando el reloj.

Se mantuvo en lo de no necesitar aventón. Le pedí su número telefónico y entre bromas me indicó que ya me lo había dado antes, cuando le pedí sus datos en el hospital y que lo consiguiera en su expediente.

Tras mi promesa de hacerlo se acercó y me dio un beso intenso, luego un abrazo que logró que fuese a mí a quien se le adormecieran manos y pies.

     —Estoy a tus órdenes aquí — dije señalando el hospital, tratando de extender la conversación para no dejarla ir —Trabajo de lunes a viernes y siempre salgo como hoy cuando te encontré, a las 5:00 p.m. en punto.

     Mis palabras funcionaron momentáneamente pues recibí otro beso. La observé perderse camino al tren y pensé en que ella era el bálsamo en pastillas que necesitaba en mi vida…

Esta mañana he regresado al trabajo con el entusiasmo brindado por la noche anterior. Sin estar pendiente o querer indagar lo que tienen que decir los presentes en la sala de espera he buscado el expediente de ella. No lo encontré en el archivo central y deduje que el doctor que la atendió no lo había devuelto a mi oficina.

Me levanto de la silla y busco en las bandejas de los galenos hasta encontrarlo. Pongo la contraseña de mi teléfono móvil para grabar el número telefónico, abro entusiasmado el expediente y leo en el primer papel: Ataque cardiaco -Hora de muerte: 5:00 p.m.

Crédito de imagen:

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Sobre el autor:

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Angelo Negrón es narrador, bloguero y asiduo fanático de la twitteratura. A finales de la década del 80 funda y dirige la revista Senderos. Desde el 2005 mantiene el blog Confesiones. Sus Cuentos han sido publicados en Taller Literario, Revista Púrpura, la antología Cuentos puertorriqueños en el nuevo milenio y en múltiples sitios WEB. Sus libros Causa y efecto (cuentos) y Ojos furtivos (novela) han sido publicados bajo el sello de Publicaciones Gaviota.

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