El cielo es el mar de la luna

Por Nicole Yordán

Créditos de fotografía: Nicole Yordán

“Ese hombre ha perdido la cordura,” decían. “La senilidad le ha arrebatado sus últimos años.” Frases como éstas hacían eco en la lengua de todo el que le rodeaba, seguidas inmediatamente por la afirmación desalmada de que ya no le quedaba mucho.

Yo no entendía y le rogaba siempre a mami que lo ayudásemos a encontrar su cordura. Probablemente estaría olvidada y cubierta de polvo en algún lugar al que él no podía llegar solo. Habría sido como cuando mi peluche favorito se perdió detrás de la cama y necesité de los brazos largos de papi para sacarlo. Los brazos de aquel hombre eran cortitos como los míos. Si su cordura había caído en el abismo escondido detrás de la cama, él tampoco habría logrado alcanzarla.

Realmente el hombre parecía estar encogido por completo. Me recordaba la vez que intenté lavar mi camisa nueva por mi propia cuenta… ahora sólo le sirve a mi muñeca Rosa. Su cara parecía papel arrugado, papel del cual haces una bola porque cometiste un error y luego tiras porque ya no sirve para nada… o al menos crees que no sirve para nada. Quizás a él también alguien lo tiró de su casa. Debió haber sido por eso que estaba en este lugar.

A mi abuelita no la tiramos de casa. A ella la veníamos a visitar todas las semanas, aunque a mí este sitio nunca me gustó mucho. Era blanco como las paredes de las casas sin niños, una especie de campamento para viejitos dentro de un hospital de un solo piso. Olía a polvo y a limpio a la vez, a alcohol y a galletas sin sabor y también a esperanzas muertas. Más que nada, a esperanzas muertas… A abuela, sin embargo, le gustaba. Siempre sonreía y nunca se quejaba, así que no debía ser tan malo.

Aquel hombre era diferente. Se le notaba. Él nunca tenía a nadie que le trajera algún dulce a escondidas, ni que le preguntara tan siquiera si estaba bien. No tenía nietos ni amigos que jugasen con él. Creo que todos huyeron cuando se enteraron que tenía la senilidad esa de la que hablaban. Tendrían miedo de que se les pegara.

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Según pasaban las páginas del calendario, las estaciones contagiaban el aire de cambio, las hojas pintaban el paisaje de distintos colores y yo crecía de poco en poco. Mi mente también crecía mientras seguía visitando y pronto aprendí que la cordura no era algo que se pudiese encontrar escondido debajo de un sofá, aunque sí se podía perder, y además la senilidad no era una enfermedad contagiosa. Un día le pedí a mi madre que me dejara visitar a abuelita sola. Quería ver también al señor sin nombre.

Mis pequeñas piernas pesaban al caminar, como si un chicle adherido a las suelas de mis zapatos me sujetase al piso. Los ojos del hombre parecían mirar a través de mi ser. Se veían diminutos como dos vellones hasta que colocó unas enormes lupas sobre ellos y su tamaño se multiplicó por dos. “¡Parecen dos pesetas!” creí haber pensado, pero al parecer lo había dicho en voz alta. “Y tú tenéis pelo del color de chavitos prietos” me dijo él y sacó uno de su bolsillo para comparar. Me reí y le sonreí. De hecho, mi pelo era cobrizo. “Quédatelo” añadió, mientras me sonreía con las arrugas de sus ojos.

Cuando me fui, ya guardaba cinco centavos en mi mano izquierda. El hombre continuaba repitiendo la frase con el mismo entusiasmo que la primera vez. No parecía recordar qué había dicho y qué le faltaba por decir aún. A veces hablaba tan bajo, que apenas podía descifrar si me hablaba a mí o a su propio pecho.

“El cielo es el mar de la luna,” decía. “Los ángeles lloran cristal.” Otros días repetía frases que pintaban aquellas paredes de colores y paisajes, pero que también delataban el por qué nadie le daba mucho de su tiempo. Él vivía en esa caja de cemento, pero no pertenecía a ese lugar. No era de ese sitio. Gustaba soñar de más. Parecía estar siempre en su propio mundo. Era un mundo donde había hablado con estrellas fugaces y rescatado sirenas atrapadas por marineros en alta mar. Me contaba sus aventuras y yo escuchaba con atención. Mis ojos se agrandaban con cada palabra que salía de su boca. Sus cuentos prendían una luz en el fondo de mi imaginación.

Lo volví a ver varias veces y hablé con él lo suficiente como para darme cuenta de lo que sucedía. Su mente era como una habitación en la cual juega un niño constantemente a prender y apagar las bombillas. Un día, tal y como mami predijo, “la luz se apagaría por completo.”

Las paredes del hospicio se volvieron tan blancas como el primer día que fui, puesto que carecían de sus palabras que las decoraran. Pronto aprendí a leer, buscando una alternativa para pintar el mundo. Un día, luego de muchos años, vi las mismas palabras decorando las páginas de un libro desgastado, cuya portada ya habría pasado por manos de al menos dos generaciones antes de llegar a mí. Busqué el autor y supe que tenía que ser él, aunque nadie más me creyera. Eran los mismos ojos diminutos y la sonrisa que tanto extrañaba ver.

Aún después de tanto, entre páginas de poesía e historias soñadas, pasan años y años y él sigue compartiendo su mundo.

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La autora

Nicole Yordán es puertorriqueña, Doctora en Medicina, graduada del Recinto de Ciencias Médicas, en Río Piedras, Puerto Rico. Actualmente reside en Miami, donde continúa sus estudios en Cirugía General en el Kendal Regional Medical Center. Algunos de sus escritos, tanto en ficción como no ficción, han sido publicados en CienciaPR, The New Physician, y el blog Generación Jípster, entre otros.

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