Arroz y habichuelas

Por José A. Hawayek

Te veo este fin de semana —decía yo por mi celular. —Si Dios quiere mijo, —me respondía abuela. Había sido una conversación monótona donde le contaba de mi día, de lo que había visto, lo que había sentido. Sus respuestas siempre eran cortas: un , un no, un todo bien. Cuando único alcanzaba más de dos palabras era para la despedida, que siempre era la misma.

Llevaba años así, cada vez las oraciones más cortas, cada vez más difícil poder hablar por teléfono. —Esto va en decaída —decía mi madre. —Todo esto es natural —comentaban mis tíos. Sabía que era natural, pero no lo sentía así. Varias veces lo había observado en otros, pero había algo extraño en el proceso. Su condición consistía en el lento olvido de todo lo que se ha vivido, lo que se ha visto y lo que se ha hecho.

Pasaban los días, las semanas, los meses. Cuando la visitaba, ella sonreía. Al comienzo siempre me hablaba algo, un poco. Preguntaba sobre mi día, sobre qué hacía, y sobre por qué ya no pasaba todas las tardes por su casa. Le explicaba que estaba estudiando, que ya no vivía cerca. Ella sonreía y continuaba viendo su programa de televisión. Así eran mis visitas: llegar, saludarla y sentarme a su lado por algunas horas para acompañarla. Más tarde me levantaba y decía,

—Me tengo que ir a casa. Tengo que estudiar.

—¿Ya comiste? —preguntaba.

—Sí —le contestaba.

—Hay arroz y habichuelas —respondía ella como en automático.

—Gracias, pero estoy bien —terminaba yo. Las despedidas siempre se me han hecho difíciles. Sabía que si lo prolongaba todo, terminaría escuchando o sintiendo algo que no podría manejar.

Con el tiempo las llamadas fueron cambiando. Ya no era ella quien me contestaba el teléfono sino algún familiar.

—¿Cómo está abuela? —preguntaba después del saludo familiar protocolar.

—Está sentada frente al televisor —era la contestación más común.

—¿Quieres que le diga algo?—continuaba la conversación.

Quería que le dijeran lo mucho que la amaba, cómo me dolía el no poder escuchar su voz, la falta que me hacía correr por toda la casa y escuchar sus regaños. Que me dijera que me fuera de la cocina porque estaba trabajando, que no jugara con esto o con aquello, que me sentara a su lado para que la ayudara a sacar gandules, o a aguantarle algo. Las palabras no pueden describir todas las emociones y sentimientos que hubiese querido expresarle entonces.

—¿Pregúntale cómo se siente? —yo interrogaba.

—Dice que está bien —respondían.

—Díganle que la quiero, que la veré cuando regrese —eran mis instrucciones. Me contestaban, —te dice que ‘Si Dios quiere mijo’”. Siempre esa despedida, y aunque llegaran sus palabras en otra boca, siempre volvía a ella al escucharlas. Esa era mi confirmación del día, saber que ella continuaba siendo y que seguía ahí presente de alguna forma.

El tiempo pasaba rápido. Poco a poco podía ir a visitar con menos frecuencia. Cuando llegaba, la rutina era la misma. La encontraba sentada frente al televisor, sonriendo. La saludaba. Ella me miraba, sonreía y sus ojos daban un destello de luz.

—¿Cómo estás? —le preguntaba.

—Aquí, bien —me respondía. Volvía su cabeza hacia el televisor, poco a poco apagando la luz de sus ojos, cada vez más como espejos. Ya no me preguntaba por mi día o por cómo estaba. Me sentaba a su lado en silencio, la miraba detenidamente y pasaba un ratito con ella.

Su respuesta de “aquí, bien” resonaba en mi ser. Era la respuesta de un confinado en su celda, atrapado en un lugar sin escape. Ya sus pensamientos no eran libres de correr, de imaginar. Ahora se encontraba encerrada, cada vez más en su interior, donde su luz ya casi no podía salir. Poco a poco los recuerdos, las memorias, los detalles, las acciones se iban perdiendo en esa cárcel sin que hubiese forma de sacarles de allí. Esos destellos de luz en sus ojos eran la única señal de lo que ella apenas vislumbraba del mundo afuera cuando lograba aproximarse a la apertura de su celda. Estaba ahí, encerrada, prisionera en su propia mente.

Sin embargo, cuando me levantaba para irme, ella me preguntaba:

—¿Ya comiste?

—Sí, abuela, —le respondía sonriendo.

—Hay arroz y habichuelas, —decía ella como de costumbre.

—Gracias, abuela. Te quiero mucho —le decía, mientras le plantaba un beso en su cabeza.

Cada vez tenía menos tiempo de poder ir a visitarla. Mis llamadas se habían vuelto más breves. Sus respuestas iban desmereciendo. Cuando pedía que le dijeran que la quería, me respondían mis familiares, “Ella lo sabe”. Cuando les pedía que le dijeran que iría a visitarla, contestaban, “Ella te espera.”

Poco a poco ella se perdía más en su interior. Ya no salía a caminar por su balcón, a cuidar de sus plantas, o a cocinar arroz con habichuelas.

Cuando la visitaba, ya no respondía a mis preguntas. Me veía llegar y sonreía, como si supiese que era familia, pero incapaz de identificar quien era yo. Ahora, el destello de luz en sus ojos andaba perdido en la oscuridad de la cueva. Su mirada vacía era como dos espejos reflejando el infinito. Repetía mi rutina de sentarme a su lado y hacerle compañía. Al momento de mi partida, me paraba y la miraba, esperando su pregunta. Le tenía que comentar que mi hambre no era por falta de comida, sino emocional, de comunicación, de poder verla a ella.

Rogaba en mi interior que se despidiese de mí como siempre, que lo hiciese por continuar con la rutina, que me mintiera, que por unos instantes fingiera estar libre de su prisión. Su silencio era un grito en todo el universo. Era un estruendo que reventaba las paredes, hacía temblar el piso y jamaqueaba lo más profundo de mi ser. Yo entendía. Destrozada mi alma, le daba un beso sobre su cabeza y partía.

Un día ya, abuela logró liberarse de su prisión. Ya no estaba confinada a esa cueva donde la luz no podía penetrar y donde su voz se perdía entre los ecos. La familia estaba reunida. Nos preguntamos cómo estábamos y cómo nos sentíamos. Compartimos historias, caminamos por el balcón, nos fijamos en las flores de las plantas y comenzamos a despedirnos.

Cuando ya me disponía a partir, torné mi cuerpo hacia mi familia y, fijándome en sus rostros, pregunté: ¿Hay arroz y habichuelas?


José Hawayek es puertorriqueño, original de Fajardo, Doctor en Medicina, graduado del Recinto de Ciencias Médicas, en Río Piedras, Puerto Rico. Actualmente reside en Ponce, donde continúa sus estudios en medicina.

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