Al otro lado, el silencio [la resistencia]

“Y se negaron a admitirlo. La verdad en sus rostros y su respuesta, más silencio. Otra muerte encima de la muerte. Malditos los que nos siguen enterrando en el silencio.”

Ana Teresa Toro

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Categoría: Cuento

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Por Ana María Fuster Lavin

Muchas veces la muerte puede ser invisible y anónima. Aunque, en efecto, todos estamos en el recuerdo de otros, casi siempre esa nostalgia tiene nombre y apellido. Todos de personas que vivieron aquí con nosotros: vecinos, conocidos, amigos, padres, abuelos, hijos. Siempre alguien es conocido de alguien. Todo fue así de sencillo, al menos para nosotros. Nosotros, los que ahora deambulamos, pensamos que en este desarrollo de nuestras vidas, solo nos quedaba seguir amándonos, discutiendo, protestando, sintiendo llegar a la universidad, ser adultos, amar, discutir, protestar, sentir. Todo antes de la gran tormenta, de la última protesta y del proyecto final.

Somos los sobrevivientes buscando a los otros después de la muerte, o al otro lado del olvido.

Se cree que fueron unos quince mil muertos, otros tantos miles desaparecidos y casi un millón entre los que emigraron y quienes están en el proceso de irse. Eso, según lo que escuchamos antes de se apagara la última emisora de radio, y poco antes de que emigráramos del barrio abandonado hacia el área protegida. Sabemos que a estas alturas tienen que ser mucho más los emigrantes, los muertos, los desaparecidos. Nos escondemos entre los escombros, las casas abandonadas y los cementerios. Aquí habitamos en la necrópolis escondida de una isla prácticamente olvidada. Los pocos que quedamos, fuera del nuevo centro de gobierno, hemos perdido parte del pigmento de la piel y de los ojos a causa del encierro diurno. Nos hemos tornado grisáceos, pardos, como gatos en la noche. Padecemos de hipersensibilidad a los sonidos, debido al silencio oral al que nos sometemos durante las horas de sol, y a los mínimos susurros y articulaciones guturales con los que nos comunicamos en la oscuridad.

Y es que nosotros también somos los muertos anónimos. Dejamos que sus nombres, de los que ya no están, acariciaran nuestros pies descalzos (para que no se escuchen sus pisadas). Las paredes de nuestros sótanos están repletas de esos nombres, apodos o apellidos. Muchos de estos son de personas que nosotros mismos enterramos o cremamos, pues el gobierno aprovechó el gran huracán para adelantar la última fase de su proyecto.

Es cierto, cada noche inventamos una nueva esperanza, una nueva razón. No sabemos de qué se trata, pero los que no hemos sido escogidos debemos alejarnos, o morir. Una de las últimas personas vivas con que nos topamos, murió frente a nosotros. Era una mujer sorda con una niña. Ellas se habían unido a la resistencia desde el este de la isla. Lamentablemente, antes del huracán, habían diagnosticado a la señora con un cuadro de cáncer con metástasis en el páncreas. Después del viento y las lluvias, lo peor vino con el apagón general, en la mayoría de las regiones nunca volvieron a instalar energía eléctrica. Al no haber energía eléctrica durante más de un año, los hospitales especializados cerraron. Luego nos enteramos de que había sido parte del plan. La niña que llegó con ella entendía el lenguaje de señas, por lo que nos estuvo ayudando a entender los relatos de la enferma durante todo el día. Nos dijeron que ya no quedaba nadie en el sureste. Nosotros miramos entre desilusión y que ya nos lo sospechábamos. Cambiamos el tema y le narrábamos nuestras experiencias, tanto reales como imaginarias y sueños. La fantasía es una de las mejores medicinas cuando no se tiene nada. A veces nos imaginábamos que aquellas enormes manchas formadas por los hongos en los techos nos contaban la historia de otra civilización que vivió aquí mucho antes de nuestro exterminio o de la que pudimos ser si el pueblo se hubiera revelado a tiempo. Una vez escuchamos en la radio que el miedo a la miseria nos devora la dignidad… pues, ahora somos menos que miseria y la dignidad es una de esas manchas en el techo que cada cual interpreta según sus niveles de esperanza, de desesperación o de conformismo.

Somos los muertos bajo los escombros de una gran mentira, de una inmensa nube de humo y desolación.

Al par de días del encuentro de la mujer y la niña, nos dirigimos al antiguo centro estudiantil. En una de las paredes, cercana a la entrada de lo que antes fue la universidad nacional de nuestra isla, nos topamos con un mensaje algo borrado por el tiempo y por lo que sospechamos que también intento de borrar con detergente por parte de las autoridades gubernamentales:

“Aguántate y calla… deja que te roben y torturen y calla… deja que te deroguen tus derechos y calla… vota por los mismos y calla… obedece y calla… ora y calla… habla mierda y calla… cierra los ojos, calla y muérete antes de gritar “basta ya” y…

En silencio, porque se acercaba el amanecer, nos miramos. No había que dilucidar nada nuevo. Concluimos que las personas que redactaron la pintada en el muro fueron ejecutadas antes de terminar el mensaje. Observamos en silencio y con detenimiento ese grafiti, nos percatamos de que también había una costra que chorreaba seca hasta el piso hacia lo que fue un charco, ya color terracota. Sin lugar a dudas era de sangre y coágulos, piel, pelo y demasiados sueños. Debió ser luego de la gran protesta, cuando los militares exterminaron a los sobrevivientes que se unieron para protestar.

Lloramos todos los días, pero no se nos nubla el camino de las noches hacia el encuentro de comida o de otros como nosotros. Recordamos al señor que hace uno o dos meses hallamos muerto en el carro. Dejó una nota, no era suicida, para nosotros, claro, sino pura lógica en nuestra nueva realidad. Definitivamente, las pesadillas lo fueron devorando poco a poco. Decía en su carta que el miedo le había comido hasta los sueños, que no aguantaba más esa oscuridad que poco a poco les consumió la vida, en especial al haber perdido a su esposa y a su hijo enterrados bajo el lodo después del deslave que se llevó hasta su casa por el medio. También relataba en su misiva que a su hermana el gobierno la desapareció, luego de la gran manifestación. Le entregó sus medicamentos y la insulina que le quedaban a la doñita que vivía más retirada, quien también había perdido a su marido y hermanos. Prendió el carro y guió hasta donde la muerte y la gasolina le llevaran. Las demás palabras estaban borradas, intuimos que fue por las lágrimas, porque nosotros también lloramos con su nota. Tomamos sus zapatos y tapamos su rostro con una toalla. Aceleramos el paso. Ese día finalmente nos atrevimos a cambiar el inmovilismo al que habíamos llegado la resistencia después de la protesta. Intentaríamos llegar a donde vivían los elegidos y gobernantes, siempre en silencio y de noche para no ser vistos.

Tal vez, solo somos lo que queda de quienes no se rindieron. Sería lo más lógico, puesto los hechos o no-hechos de los últimos meses ¿o años? Espero que estemos equivocados, he sentido voces, pasos. Al volver la vista, no hemos vislumbrado si solo lo imaginamos o, en efecto, existen. Estamos llegando al centro de gobierno, estamos seguros de que en ese islote de la capital es donde también viven ahora los elegidos. Ellos dirán fuera de la isla que ya no existimos, si es que al resto del mundo le importa la última colonia. Borraron las huellas de nuestra miseria.

Caminamos durante cinco noches más. A la quinta madrugada, vislumbramos otra sobreviviente. La observamos acercándose con dificultad por aquel antiguo parque (ahora cementerio de árboles) hacia la entrada del más alto foro judicial, ahora abandonado, añadiéndole a que ahora es parte del área prohibida para nosotros. Sin embargo, sabíamos que debíamos intentarlo, llegar al otro lado. Según avanzábamos, observamos esa silueta de mujer. Nos sentamos semiocultos al otro lado de la calle, entre los escombros después de escuchar pisadas y murmullos en aumento. El miedo nos había ocultado la posibilidad de creer que pertenecieran a otros como nosotros. Otros sobrevivientes. El miedo siempre nos nubla la confianza en nosotros mismos, el saber que vamos a poder salir de la soledad, que conseguiremos comida, techo, seguridad, otro abrazo para la soledad que nos clava pequeños alfileres pisada a pisada. A su vez, el miedo nos salva de la ingenuidad. Sobrevivientes, lo somos porque nos cuidamos de la maldad natural, de la maldad humana de quienes nos han ido segregando y exterminando después del gran huracán.

¿Y si tan solo somos los muertos que aún insistimos en estar vivos?

Nos duelen ya las pisadas, pero seguimos caminando hacia los edificios abandonados del antiguo foro judicial. Según andamos, sentimos más zumbidos conocidos. Deseamos con todo lo que nos queda de energías de que no estemos equivocados, son voces, tienen que serlo. Esas vocalizaciones cada vez son más evidentes y temblamos. Una puerta que se abre en la entrada del tribunal supremo abandonado. Quizá fue que no lo reconstruyeron después del vendaval y no está cerrado. Imposible, está justo al otro lado de la frontera del régimen y los elegidos. Dos o tres de los resistentes, nos habían contado que durante la gran protesta habían ejecutado a un magistrado y dos magistradas que se habían opuesto al plan final. Los resistentes nos dijeron que había otros y que se revelarían. Nunca los volvimos a ver.

Estábamos a punto de retirarnos, cuando de nuevo reconocimos aquella silueta femenina. Nos acercamos lo más que pudimos para evitar ser vistos por los militares o policías que solían rondar la frontera del islote protegido. Volvimos a mirar y sí era una mujer envuelta en una bolsa negra de basura y con algo que colgaba de una de sus manos. No podía tener más de 25 años. Aparentaba estar saludable en términos físicos. Según se acercaba, logramos distinguir a quiénes pertenecían los sonidos que nos habían obligado a escondernos. Eran algunos empleados de lo que fue el tribunal, ellos también lucían algo precarios, quizá eran otros sobrevivientes que se habían escondido en aquellas ruinas. Antiguos empleados, tres o cuatro que creyeron que allí se salvarían, pero no habían sido parte de los elegidos. Nos acercamos un poco más, nos miraron con aparente indiferencia. La mujer se paró frente a ellos se arrancó a trocitos la bolsa que la cubría hasta quedar desnuda. “Lo perdí todo, todo, ellos son malos, todos estamos muertos”. Gritó tan estruendosamente que la ráfaga que salió de su boca nos empujó hasta hacernos perder el balance. Luego arrojó con fuerza hacia nosotros el paquete que tenía en la mano y se dejó caer en picada hacia un gran charco de fango.

Allí permanecimos absortos. Nosotros y dos mujeres y un hombre, que entraban y salían de entre los cuartones de madera que clausuraban lo que fue la biblioteca, o al menos indicaban las letras colgantes en la fachada. Una de las señoras, la mayor, consiguió algo de ropa en una oficina. Estuvimos a punto de vestirla y socorrerla, cuando se aproximó el estruendo de la sirena de dos o tres patrullas de la policía. Nos ocultamos como pudimos. Los policías militares se aproximaron a la mujer que, desde el charco les suplicaba. Ella vociferó su nombre y apellidos, también los nombres y apellidos de otros que aseguró acabarían con el plan de exterminio. “Asesinos. Hoy o mañana, venceros. Comienza el final de este cabrón proyecto”.

Ante nuestro terror le dispararon una y otra vez, hasta tres, cinco, diez ráfagas de tiros. Nos ocultamos. No podíamos creer que no nos hubieran acribillado. Estamos seguros de que nos tenían que haber visto. ¿Será que el silencio nos invisibiliza? Estuvimos ocultos muchas horas sin proferir ni un monosílabo. Poco antes de la medianoche, salimos y, con un simple gesto, nos despedimos. Sin embargo, el más joven me tocó el hombro y señaló a lo lejos. Asentimos con la cabeza. Ya decididos a brincar el muro, la mayor del grupo del tribunal, dio una sutil palmada y señaló el bulto que había arrojado la occisa. Sin meditar nada lo abrimos.

Nuestro espanto se elevó a niveles insospechados cuando descubrimos lo que había allí. Era un bebé muerto, ya gris y rígido, envuelto en sabanitas ensangrentadas ya color marrón. Fuimos hacia el cuerpo inerte de la mujer charco de fango y sangre, y colocamos el cuerpo del bebé entre el suyo. Los cubrimos con hojas y ramas. Todos en silencio, todos recordando que somos isla y muerte. Nos miramos con los ojos vidriosos por unos segundos para terminar abrazándonos en silencio. Luego, ellos desaparecieron a través de las maderas, nosotros seguimos el camino a través de la periferia de la zona protegida. Era ahora, o nunca.

Somos los muertos en vida. Somos dolor, fango e incertidumbre. Empatía. Lucha. Somos camino…

Ese fue el primer día en que nos topamos con otros desde la mujer sordomuda y la niña, semanas, meses o, tal vez, hasta años después de la gran manifestación, pues habíamos huido después del gran huracán. Cuando murieron nuestros padres y abuelos, cuando no encontramos más vivos o comida en el barrio, cuando dejamos de toparnos con otras personas, cuando dejamos de oír noticias en la radio. El tiempo ya no era el mismo al otro lado del silencio. Hasta el momento creíamos que solo era un mito, que nuestras propias ansias de que existiesen otros era lo que nos hacía sentirlos, nos llevaba a pruebas y rastros de esos ellos y ellas. La última vez que escuchamos la radio, desmintieron el exterminio, pero la transmisión se interrumpió.

Somos lo que queda de una isla que fue destinada a morir. Somos el silencio al otro lado de la historia oficial.

Mintieron, nos robaron y humillaron. Eso nos decíamos en las noches de la oscuridad eterna, mientras la incertidumbre y el hambre nos aterraban. Ya vamos acampando en otro edificio abandonado más cercano a los elegidos. Recordamos a otra chica que llegó con un bebé inmóvil y grisáceo entre las manos. Le colgaba aún un largo ombligo al pequeño. Lo último que lo unió a la vida era aquella muchacha que ahora tenía los muslos ensangrentados. La ayudamos a lavarse. No nos entendía, ni nosotros a ella. Pensamos que de seguro era de St. Martín u otra de las islas cercanas. Los primeros días no soltaba al bebé, que comenzaba a heder. No lo apartaba de sí e, incluso, intentaba amamantarlo. Terminaba llorando porque el chiquillo no chupaba. Le conseguimos una cajita del tamaño suficiente y una manta. La miramos un rato con ternura, besamos su frente y la del pequeño cuerpito. A la tercera madrugada vimos que el cuellito y la boca del bebito tenían gusanos. Ella abrió los ojos con terror, como si toda la humanidad acabara de colapsar. Entonces nos dejó envolver el cuerpito, meterlo en la caja y colocarlo en una tumba hueca, del cementerio donde vivíamos ahora. Ella no nos acompañó, cuando regresamos ya no estaba. Nunca volvió.

Todos somos los muertos negados.

¿Y qué nos dicen de los suicidas? Cuando la desesperación llega antes que la propia muerte, la invocamos con nuestras propias manos como una orden inminente de la propia sangre. La incertidumbre y el miedo muerden cada pedacito de la esperanza hasta vomitarla hacia el abismo. Hacia ese otro lado del puente que añoramos, pero que cada vez es más distante. Unos pensamos que es posible resistir y reconstruirse a pesar de lo lejana que está esa posibilidad. Otros desesperan concluyendo que se derrumbó y el abandono nos estrangula. No los podemos juzgar, sus ojos no tienen filtro y ven la crueldad social tal como es. Insoportable. Las noches se eternizan hasta causar ceguera y hambre. La desesperación angustia los ojos, las voces, las pisadas. Ellos resisten, pero somos nosotros quienes no llegamos a tiempo.

Somos muerte o vida, la decisión está en despertar la voz. Gritar al silencio hasta que todos nos escuchemos.

La invisibilidad de la muerte nos convierte en murmullos hasta olvidar nuestra propia voz. Somos el luto eterno de este huracán que no nos abandona.

Somos soledad refugiada en las largas noches del olvido.

Somos el colapso. Decíamos ya a punto de colapsar de incertidumbre, agotamiento, hambre de pueblo.

–Jovencita, ¿vives sola aquí?

–Noss nnn nosssotroh. Todos quí ­–escuchamos la voz que sale de la boca. Demasiado tiempo de pensamientos y murmullos.

–Pero sí solo veo gatos aquí. ¿Vives en este cementerio abandonado? Es lo único que todavía no han eliminado los del gobierno.

–¿Vivo? –un carraspeo y su voz ya comenzaba a fluir como en la época anterior a la tragedia.

–Esta es el área de los elegidos. Pero, ¿qué hace una adolescente sola con gatos?

–No, ellos son yo, son nosotros.

–Mira, yo estoy viejo. Me voy a buscar a los otros y avisarles. Ponte la identificación de mi nieta, murió ayer. Los elegidos también pueden morir si gritan lo prohibido.

¿Y si nos atrevemos a resucitar? Redactamos nuestro epitafio antes de tomar la última gota de veneno. Solo quedaremos el pasado y mis fieles gatos. Pequeños recuerdos murmullados y los otros. Ellos me acompañaron en la soledad de este último año. Al otro lado solo quedarán ellos jugando a la guerra del fin del mundo y nosotros en silencio, pero no por mucho tiempo.

–No. No. Llegamos aquí. ¡Basta!, –clamé, clamamos. Rugimos con tanta fuerza que a su vez, escuchamos una fuerte explosión en el palacio marmoleo del gobierno.

–No queremos morir más. No más silencio—desgañité, desgañitamos.

Vemos a lo lejos correr militares hacia el área de los olvidados. Nos hacemos pasar por los elegidos. Y corremos entre ellos. A lo lejos, escuchamos tiros y la voz del anciano gritar.

Todos gritamos, gritamos fuerte. Recibo un fuerte golpe en la cabeza, al mirar, había sido con la boquilla de un rifle. El policía que estaba ya ante mí, ya sola, pues mis gatos corrían hacia el cementerio abandonado, apuntaba entre risas hacia mi frente, luego hacia mis pies, mis muslos, mi entrepierna y de nuevo hacia la frente.

–¿Te crees valiente? No eres más que una putita izquierdosa.

Grité, lo más fuerte que pude. Y vi como un enorme pedazo de mármol caía sobre la cabeza del policía militar, desplomándose en silencio sobre su sangre, trató de murmurarme algo, pero expelió un gran vómito y murió.

Grité más fuerte, gritamos. Pisadas, muchas pisadas tras de mí. Al volver la vista, pude ver a cientos saliendo de entre los escombros del cementerio, al otro lado desde las estructuras abandonadas. Cientos de resistentes tomando el gobierno y la zona protegida. Ahora todos somos los elegidos. Amanece. Renaceremos.

Somos el grito, al otro lado del silencio.

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La autora

Ana María Fuster Lavín, San Juan, Puerto Rico (1967). Escritora, editora, correctora, redactora de textos escolares, fotógrafa y columnista de prensa cultural. Ha recibido premios en cuento, ensayo y poesía. Ha sido invitada a participar en lecturas de poesía, cuentos, performance de microcuentos, conversatorios y conferencias en Puerto Rico, Estados Unidos, México, República Dominicana y España. Libros publicados: Verdades caprichosas (First Book Pub., 2002), cuentos, premio del Instituto de Literatura Puertorriqueña.Réquiem (Ed. Isla Negra, 2005), novela cuentada, premio del PEN Club-Puerto Rico. El libro de las sombras (Ed. Isla Negra, 2006), poemario, premio del Instituto de Literatura Puertorriqueña.Leyendas de misterio (Ed. Alfaguara infantil, 2006), cuentos infantiles. Bocetos de una ciudad silente (Ed. Isla Negra, 2007), cuentos; El cuerpo del delito (Ed. Diosa Blanca, 2009), El Eróscopo: daños colaterales de la poesía (Ed. Isla Negra, 2010) y Tras la sombra de la Luna (Ed. Casa de los Poetas, 2011), poemarios; Carnaval de sangre(Ed. EDP University, 2015), microcuentos; las novelas (In)somnio (Ed. Isla Negra, 2012) y Mariposas negras (Ed. Isla Negra, 2016).

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