El cielo es el mar de la luna

Según pasaban las páginas del calendario, las estaciones contagiaban el aire de cambio, las hojas pintaban el paisaje de distintos colores y yo crecía de poco en poco. Mi mente también crecía mientras seguía visitando y pronto aprendí que la cordura no era algo que se pudiese encontrar escondido debajo de un sofá, aunque sí se podía perder, y además la senilidad no era una enfermedad contagiosa. Un día le pedí a mi madre que me dejara visitar a abuelita sola. Quería ver también al señor sin nombre. Continue reading El cielo es el mar de la luna